Entretres

Política, insomnio y mal humor. 

Haciendo memoria: "AMLO no irá al primer debate"

Eso es lo que anunciaban los periódicos por allá del mes de abril del 2006, cuando AMLO tenía una amplia ventaja en las encuestas y, "por estrategia", decidió no asistir al primero de los dos debates que se programaron para los candidatos presidenciales.

 

Por representar la esperanza de mucha gente y por no "hacerles el caldo gordo" a sus contrincantes, Andrés Manuel López Obrador no irá al primer debate, “aunque si voy a estar muy atento”. El candidato presidencial de la coalición Por el Bien de Todos justificó su inasistencia al primer encuentro entre presidenciables pues, dijo, "no puedo ir a un debate en donde se van a dedicar a atacarme".

 

Esto es lo que dice una nota de El Universal de aquellos días. Sin embargo, a 6 años el candidato Andrés Manuel parece haber cambiado radicalmente de opinión:

 

El precandidato presidencial de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, propuso la celebración de "12 debates temáticos", una vez que inicie en forma oficial las campañas electorales, y se pronunció a favor de la desaparición de los espacios promocionales (spots) de partidos y candidatos en radio y televisión.

 

"Sería un debate por semana en los que se abordarían temas de importancia para la nación, tales como inseguridad, salud, educación, economía, desempleo, campo y corrupción, y algunos más que cubran las 12 semanas de campaña".

 

Esto de acuerdo a otra nota de El Universal.

 

El costo de aquella decisión de no asistir a un debate tuvo un costo político para el perredista, tan lo tuvo que ahora corrige y propone incluso 12 debates. Pero qué pasó en aquella ocasión, más allá del dañó que incluso hasta ahora ni el propio AMLO lo reconoce.

 

Pasó que nunca nadie lo cuestionó, y como probablemente sigue sucediendo hasta ahora, cada decisión, por arriesgada que pareciera, era aplaudida por sus seguidores, que iban a donde los llevara AMLO a ciegas, así fuera al despeñadero, como terminó sucediendo.

 

Para describir esto el mejor ejemplo es una columna publicada por la escritora Guadalupe Loaeza el 25 de abril, en relación a la discusión acerca de si se pondría o no una silla vacía durante el debate, con la finalidad de representar el desinterés de AMLO en asistir al encuentro.

 

A continuación la columna íntegra:

 

Las sillas

Por Guadalupe Loaeza

 

Anoche tuve un sueño; un sueño sumamente extraño. Por absurdo que parezca, en él aparecía como la moderadora del primer debate entre los cuatro candidatos a la Presidencia. Lo primero que me llamó la atención fue ver en lugar del podium vacío, ¡¡¡la Silla Presidencial!!! Por un momento pensé que Fox también iría para seguir apoyando compulsivamente a su candidato, pero en seguida recordé que era el sitio que le hubiera correspondido a Andrés Manuel López Obrador. Me tranquilicé.

 

De los cuatro candidatos a la primera que advertí en mis sueños fue a Patricia Mercado. Iba perfectamente bien arreglada para la ocasión. Se hubiera dicho que la víspera había ensayado varios conjuntos frente al espejo hasta encontrar el que más le convenía para seducir aún más el electorado. Se veía tranquila. Sin embargo, el que parecía nervioso era Roberto Campa. Además de brillarle mucho la cara, no dejaba de frotarse las manos contra el pantalón. Era evidente que le sudaban. Obsesionado como está por verse joven y delgado, en mi sueño observé que la faja que llevaba Madrazo le sujetaba demasiado el abdomen lo cual lo hacía verse aún más rígido que de costumbre. Su pelo, sus cejas y sus bigotes se veían perfectamente bien peinados por manos de un especialista. De todos es el que a leguas mostraba haber invertido demasiado dinero en cada una de las prendas de su vestimenta. Más que un candidato de carne y hueso parecía un maniquí como los que solían aparecer en los setenta en las vitrinas de High Life. "¿Quién es ese chaparrito, gordito, con lentes?", le pregunté a uno de los camarógrafos. "Es Calderón", me contestó. Claro, era él. Curiosamente, también el candidato por el PAN se veía distinto, un poquito artificial y acartonado. Dada su expresión de absoluto desconcierto, parecía que en esos momentos no tenía la más remota idea de quién era realmente, si el candidato que le habían dicho sus publicistas que fuera o el que Espino esperaba que fuera o bien, el que a todo precio quería ser para remontar aún más en las encuestas. Pobre hombre, me dio pena.

 

Estaba a punto de colocarme en mi lugar para dar inicio al debate, cuando de pronto vi a lo lejos a Josefina Vázquez Mota discutiendo con Rosario Green. Ambas se veían muy alteradas. "¿Quién diablos mandó la silla Presidencial?", preguntaba furiosa Rosario. "Ha de haber sido Jesús Ortega", decía Josefina visiblemente molesta. "Ay, estos perredistas. Son tan incongruentes... ¿Y si de plano la sacamos?", preguntó la priista. "Pero, ¿qué hacemos si llega ya sabes quién? ¿Dónde lo sentamos, qué no ves que éste es su lugar?", preguntó la panista. "Tienes razón. Hay que pensar en otra estrategia... Ya sé... No hay que ponerle micrófono. Así, si llegara a presentarse nadie lo podrá escuchar", apuntó Rosario con cara de haber encontrado una excelente idea. "Al contrario, hay que dejárselo para que todos escuchen lo mal que se expresa... Además, puedes dejárselo al fin de que no tiene la menor idea de todo lo que se va a preguntar...", propuso la ex secretaria de Sedesol. "Estás en lo cierto... Entonces que venga para que así pierda ese señor tan soberbio y autoritario", acotó doña Rosario. En seguida y con cara de niñas traviesas, ambas se fueron a sentar a su respectiva silla.

 

No acababan de ponerle su micrófono a cada uno de los candidatos, cuando Calderón, saliéndose del guión establecido, comenzó a criticar a Mercado y a Campa. A la primera la llamó "oportunista, feminista y progresista" y al segundo, "traidor, hablador y manipulador". "Que se sepa de una vez por todas, ellos también son un peligro para México", decía acaloradamente el candidato del PAN. Y en ese momento que interviene Madrazo y le dice: "Si hablamos de peligro, refirámonos entonces al peligro que representan los hijos de Marta de Fox, el peligro que representó su paso por el Banco Nacional de Obras Públicas. ¿Por qué no nos dice qué pasó con el crédito hipotecario que le dieron como prestación? ¿Por qué no nos habla del rancho de su suegra? Díganos qué sucedió con Ortiz, su ex estratega de comunicación y propaganda al mismo que removió de su campaña después de que se descubrió que había adquirido un departamento lujosísimo en una de las zonas más exclusivas de Miami? Díganos también, ¿por qué fue tan gris su paso en la Secretaría de Energía? ¿Dónde está el 7 por ciento que prometió Fox? ¿Dónde están sus manos limpias, señor Calderón?" Lo terrible de mi sueño era que entre más quería intervenir, para poner orden en el debate, no podía. Estaba muda. Por más que les llamaba la atención a señas, nadie me hacía caso. A Calderón se le veía furioso. "El burro hablando de orejas", repetía una y otra vez. Él tampoco podía parar a Madrazo. Para colmo, Mercado y Campa también atacaban al panista. "Ustedes apoyaron la Ley Televisa. Apoyaron el Fobaproa. Cuando Felipe Calderón era diputado, no hizo nada para incrementar las averiguaciones de las muertas de Juárez. ¿Cuánto lleva gastado en propaganda en los medios? El verdadero peligro para México es el panista", decían los dos al mismo tiempo. Todos hablaban a la vez y yo sin poder moderar. Seguía muda. Era exasperante. "¿Y ahora qué me va a decir Ugalde?", pensaba atormentada. Y como si se hubieran puesto de acuerdo, de pronto los cuatro señalaron con un dedo flamígero la Silla Presidencial. "Mírenlo, mírenlo allí está. Allí está su espíritu. Es un cobarde. ¿Por qué nos mandó su espíritu y no nos mandó su cuerpo? Hay que aniquilarlo...", gritaban todos al unísono.

 

Y como si hubiéramos estado todos los que estaban en mi sueño en el interior de la obra de teatro de Ionesco, Las sillas (1952), de las alturas comenzaron a caer una gran cantidad de sillas vacías. Eran muchísimas. De alguna manera simbolizaban la "nopresencia" de miles y miles de ciudadanos ávidos de un verdadero cambio en el país. Qué angustia, cuántos monólogos, cuánta falta de comunicación, cuánta intolerancia y cuánta locura había en aquel debate de mis sueños. Pero sin duda lo que más sentía era una profunda desolación por haberme encontrado en el papel de una moderadora muda y totalmente incapaz de moderar cuatro candidatos empeñados por llegar a la Presidencia.

 

Cuando me desperté, la angustia seguía allí...

 

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El periódico A.M. inventa agresión

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Comencé a seguir la marcha, convocada por la Arquidiócesis de León para manifestarse en contra del abortó, en la calle Independencia, ya pasaban de las 9:00 a.m. El grupo era considerable, calculo unas 150 personas. Oraban mientras caminaban y llevaban consigo algunas mantas y cartulinas, todas hacían referencia al "respeto a la vida".

Ya al rededor de las 10:00 a.m. grupos provenientes de otros puntos de la ciudad se unieron en la Plaza Principal a la marcha que yo venía siguiendo. Ahí, volvieron a hacer más oraciones y después de unos 15 minutos hicieron una fila para caminar por la calle Madero. Todo era calma y el único caos hasta entonces se reflejaba en el tráfico del bulevar López Mateos.

 

El destino de los católicos, en mi opinión ya más de 500, era el Templo Expiatorio, a donde fueron acercándose hasta encontrarse con un grupo de al rededor de 30 personas en la Plaza Expiatorio, quienes ya estaban preparados para recibir la marcha con pancartas que expresaban su apoyo a la igualdad. "Dios me ama como soy" y "Alto a la homofobia", era lo que se leía en algunas cartulinas.

 

El momento más tenso que noté, fue cuando este pequeño grupo se acercó a la marcha levantando sus pancartas, a lo que algunos de los jóvenes que participaban en ella respondieron tratando de taparlas. Fue un intercambio de pancartas, los católicos oraban mientras que el otro grupo gritaba las mismas frases que expresaban sus mantas.

 

El asunto jamás se volvió entre personas, jamás escuché un sólo insulto o descalificación de ninguna de las dos partes. De hecho, quedó claro que las diferencias no eran religiosas, pues ambos grupos hicieron referencia a las mismas creencias, así que cualquier idea de que ahí hubo agresión queda totalmente fuera de lugar.

 

Y esto viene a caso porque luego de estar ahí y presenciar lo ocurrido, me llamó muchísimo la atención que lo que para mí quedó en un asunto anecdótico, para el periódico de siempre, el A.M., esto se definiera como un acto de agresión.

 

Aparte de mal gusto, considero el encabezado como totalmente erróneo y diría que hasta mal intencionado, pues nada de lo ocurrido me pareció agresivo e insisto, esto de ninguna de las dos partes. Si se me permite la trivialidad del comentario, para mí el encuentro entre ambos grupos no pasó de curioso y hasta divertido, pues no hubo consignas apasionadas de ninguna de las partes y después de todo cada grupo pudo terminar su manifestación como la tenían programada.

 

Más que la invención del encabezado, me sorprende que venga del A.M., el diario que más dice cuestionar a los grupos conservadores en el Gobierno, cuando esa primera plana parece justamente venir de la ultraderecha. Así de incongruente se ha vuelto ese medio.

 

Y para terminar vuelvo a insistir, estuve ahí y no vi ninguna agresión ni escuché un sólo insulto.

 

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Carmen, amparos, derechos #Aristegui

 

 

Por confuso que parezca, el siguiente texto no fue escrito recientemente, fue publicado el 8 de enero de 2008 por el periodista Jorge Fernández Menéndez y hace notar la misma estrategia que, en los últimos días, ha vuelto a utilizar la periodista Carmen Aristegui. La única diferencia es que entonces fue despedida de W Radio y recientemente la despidieron de MVS. ¿Censura o victimismo?

 

Carmen, amparos, derechos

Por Jorge Fernández Menéndez

 

Como es habitual, el domingo pasado en su Plaza Pública, Miguel Angel Granados Chapa realiza un sugerente análisis en el que involucra la situación que viven algunos medios y comunicadores con el amparo que un grupo de analistas, periodistas, escritores, hemos interpuesto en contra la reforma constitucional electoral y en particular del artículo 41 que impide la compra de espacios en radio y televisión para evitar “influir” en las preferencias electorales de los ciudadanos. La tesis de Miguel Angel, simplificada, es que con esa reforma constitucional no se conculca la libertad de expresión y, en cambio, con la salida de la periodista Carmen Aristegui de su espacio en W radio se está ejerciendo un acto de censura.

 

Estimo, aprecio a Carmen desde hace muchos años. Siempre la he considerado una periodista sagaz y que ha logrado un estilo de comunicación con su público basado en el abordaje directo de los temas. En lo personal, no he estado de acuerdo en la forma en que ha abordado Carmen varios de los temas de la agenda nacional en los últimos años. Pero me imagino que Carmen tampoco debe haber estado de acuerdo con este autor en muchas ocasiones y en última instancia lo que importa, si existe, como ocurre con Carmen, respeto, apertura y seriedad para exponer las opiniones, es el lector, el radioescucha, el televidente con esa oferta de opiniones el que puede formar, a través de ellas, su propia opinión.

 

Carmen no está sufriendo un acto de censura. Como todos los comunicadores que trabajamos para una empresa tenía un contrato y al finalizar el mismo ni ella ni la empresa decidieron renovarlo. Ocurrió esta semana con Carmen y ocurre cotidianamente con muchos otros comunicadores: todos, en algún momento, hemos decidido no renovar un contrato o no se nos renovó y todos hemos cambiado de aire, de espacios en muchas ocasiones. Que yo sepa, jamás se censuraron o coartaron los espacios de Carmen, no hubo por lo tanto censura o consigna en su contra. Tan no la hay que podemos ver a Aristegui todos los días en CNN y leerla todas las semanas en Reforma. Y no dudo que en muy corto plazo la estaremos escuchando en otra frecuencia con el éxito que acostumbra. Un periodista tiene el derecho y la obligación de expresar con libertad sus opiniones. Las empresas para las que trabajamos tienen el derecho de renovar o no los contratos de sus trabajadores. Y eso se aplica a cualquier ámbito laboral. ¿Qué se pueden cometer injusticias en ese sentido?. Seguramente sí, pero en este caso no estamos hablando de censura sino de un largo desencuentro de una prestigiada comunicadora con el medio en el que laboraba. El tiempo dirá quién acertó con sus decisiones.

 

Pero nadie le ha prohibido a Carmen, o a cualquier otro comunicador, expresar sus ideas o “influir en las preferencias electorales de los ciudadanos”. Sí lo prohíbe la reforma constitucional aprobada en el ámbito electoral y contra la cual se presentó el amparo de marras. Miguel Angel llega a comparar la vacuidad de ese amparo con la prohibición de anunciar estupefacientes o cigarros. Y dice, con razón, que ninguno de los que suscribimos ese amparo comercializamos con espacios publicitarios, por lo cual no nos deberíamos sentir afectados. Por el contrario, asegura, en consonancia con los legisladores que aprobaron la reforma, ello impediría que se realizaran campañas “disfrazadas” como la efectuada por el Consejo Coordinador Empresarial en las pasadas elecciones federales.

 

Las diferencias, sin embargo, van mucho más allá: ¿tienen derecho los legisladores a coartar la libertad de expresar sus legítimas opiniones a cualquier ciudadano?. Por supuesto que debe haber algunas normas básicas para el cumplimiento de ese derecho, pero ¿por qué deben ser sólo los partidos políticos los que pueden expresar su opinión en el terreno electoral y, además, en forma condicionada, porque como se prohíbe la publicidad “negativa” no sabemos si en realidad se podrá criticar, legítimamente, a sus oponentes?. La libertad de expresión es un derecho individual que no puede ser coartado ni remitido exclusivamente a los partidos. Según la ley, para quienes no formamos parte de ningún partido, la posibilidad de poder “influir” en la opinión de los electores está cancelada. Dice Miguel Angel, también con razón, que quienes presentamos ese recurso tenemos espacios públicos en los medios en los que trabajamos y que allí podemos expresar nuestras opiniones. Es verdad, pero ¿y si no los tuviéramos?¿y si el día de mañana alguna voz autoritaria decidiera sacar del aire o de la prensa a las voces disidentes?¿y como hará un grupo de ciudadanos, comunicadores o no, si decide hacer pública su posición sobre cualquier tema electoral y se le cierran los espacios en los medios?. Vamos más allá: ¿no tienen derecho las organizaciones patronales o sindicales, de artistas o trabajadores, conservadores o progresistas, a expresar sus opiniones, a hacerlas públicas?. Si se cae en el terreno de la difamación o se rompen los ordenamientos legales en ese sentido por supuesto que puede y debe haber una sanción, pero ¿prohibir la expresión de ideas?. Siguiendo la línea argumentativa de Miguel Angel: el Estado tiene el derecho de prohibir la publicidad sobre el tabaco, pero ¿tiene derecho a prohibir que un grupo de ciudadanos se manifieste públicamente a favor o en contra de la misma?.

 

No son, los de Carmen y el del amparo, casos similares y deben ser tratados en su contexto. La salida de una prestigiada comunicadora de un espacio porque concluyó su contrato, lo único que provocará, y así será, es que más temprano que tarde estará en uno nuevo. Una reforma que impide la libre expresión ciudadana, sin matices de ningún tipo, es un atropello a los derechos constitucionales. Por cierto ¿no es legítimo ampararse contra cambios constitucionales que vulneran los derechos básicos que establece la propia carta magna?.

 

 

 

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El Censor

El Censor

Catón

10 de septiembre de 2009

 

En el mismo tono autoritario con que un rey se dirige a sus vasallos, Andrés Manuel López Obrador ordenó a sus seguidores que dejen de leerme. Entiendo que ni siquiera les dio permiso de leer los chistes que pongo en mi columna.

 

Dice AMLO que manipulo a la clase media de México, y advierte a sus adeptos que si me siguen leyendo les voy a lavar el cerebro y voy a sacarlos de la realidad. Gran valimiento me concede don Andrés Manuel, pues me juzga capaz de lavarle el cerebro a toda la clase media mexicana, que es bastante numerosa. La verdad, eso sería mucho lavar.

 

Escaso aprecio muestra, en cambio, y ningún respeto, por quienes lo siguen, pues al decirles lo que pueden leer, oír y ver, y lo que no, los trata como a menores de edad o incapacitados sin propia voluntad y sin criterio, cuyo cerebro puede ser lavado. Amonesta a los suyos López Obrador, y les aconseja que se cuiden, pues puedo sacarlos de la realidad. Ya quisiera yo poder salirme de ella, y vagar por un mundo de idealismo en el que no hubiera realidades como esta que debo reseñar.

 

Convertido en censor, AMLO hace una lista de autores prohibidos, en la cual incluye también a mi amigo y colega Germán Dehesa; a Pedro Ferriz de Con, otro amigo por quien siento afecto grande; y a varios comunicadores más, e impone esa lista a aquellos a quienes ve como a sus súbditos. Él sí puede leerme, pero ellos no.

 

Hay que pensar lo que sucedería si alguna vez este dictador de consignas llegara al poder. Pero mis cuatro lectores son hombres y mujeres libres que piensan por sí mismos y no admiten censuras ni prohibiciones. Ellos son los que escogen sus lecturas, no López Obrador.

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Carmen Aristegui y su nostalgia por el viejo PRI

En los últimos años previos al 2000 aún existía cierto cuidado en los medios al referirse al Presidente de la República. Aunque hay que decir que con Ernesto Zedillo había un poco más de libertad, pues en televisión ya se permitía la caricatura política y en general se veía un poco más de apertura inédita hasta ese momento.

 

Ahora parece, que en ese entonces los críticos más duros a los gobiernos priistas, veían lejana la posibilidad de un cambio de partido en el Gobierno Federal, pero ese cambió llegó.

 

La línea en esos medios o periodistas críticos era clara, había que cuestionar a como fuera al actual Gobierno y eso, en esos días, sí representaba un riesgo.

 

Luego llegó el año 2000 y Vicente Fox logró lo que nadie: sacó al PRI de Los Pinos. A partir de ahí muchas cosas se cayeron y hubo quienes simplemente no pudieron adaptarse y ante el cambio de escenario perdieron la brújula y no lograron definirse.

 

La poca personalidad de Fox ya instalado en la Presidencia, contrario a lo que fue en su campaña, hizo que se volviera novedad hacer críticas a su Gobierno. La sociedad y los medios en general, abusaron de los cuestionamientos y burlas al nuevo Presidente, como si se tratara de un juguete nuevo.

 

En ese proceso, los eternos críticos de la autoridad vieron en juego su papel y se volvieron los más nostálgicos de aquel duro sistema que, es cierto, censuraba el más mínimo cuestionamiento.

 

Ante esa ausencia y su nostalgia, se inventaron que el Gobierno seguía siendo el mismo, que nada había cambiado y que continuaba la censura, que hacía presos políticos a delincuentes y que reprimía a opositores a su Gobierno.

 

De esa nostalgia y del no saber qué hacer con la libertad obtenida en el 2000, apareció una supuesta izquierda, que no era más que el viejo PRI buscando revancha. Y entonces sedujo a los necesitados de un sensor que dictara el pensamiento único y que trajera ese añorado paternalismo que nos enseñó el PRI por casi 100 años.

 

En eso se quedaron algunos medios, como la revista Proceso, que con tal de mantener su posición crítica que construyó durante años, cuestionó cuanto pudo del Gobierno de Fox, a la vez que toleró y de alguna manera respaldó esa izquierda que no era mas que el PRI con quien en años anteriores rivalizó.

 

Ahí se fue, o se quedó, la periodista Carmen Aristegui, que se volvió la periodista emblemática de esa falsa izquierda, crítica siempre a costa de su propia congruencia, difundió como noticias rumores que iban de lo increíble a lo ridículo, no supo adaptarse y con tal de no parecer un 'periodista vendido' se prestó a la farsa que especialmente desde el 2006 crearon anticuados priistas que han venido a venderse como la modernidad que México necesita.

 

El año 2000 nos dio a todos una oportunidad. Todos, en teoría, buscábamos un cambio en México, pero cuando vimos que ese cambio dependía no sólo de un político sino de toda la sociedad, entonces ese político se quedó solo y fue el único responsable del fracaso.

 

El cambio del 2000 implicaba mucho, era ver y entender las cosas de una manera muy distinta, pero algunos periodistas, como Carmen Aristegui, vieron amenazado su estatus de periodista crítica y decidieron no moverse.

 

Han pasado 10 años y parecen no darse cuenta: perdió el PRI y ya hasta podría volver y ellos siguen pensando en los fantasmas de la represión y la censura que vivieron hace más 15 años.

 

Hoy, que han vuelto a despedir de una empresa a esa periodista (curiosamente ha ido de un lugar a otro desde el 2000), no hay lugar para la autocrítica en ella, pues siempre será más fácil culpar de censura al Gobierno en turno, que es lo que han hecho siempre.

 

70 años de PRI no se olvidan en 10 y por eso ahí viene de regreso, como una necesidad. Cuando suceda entonces Carmen Aristegui y otros periodistas podrán saciar su nostalgia, suspirarán y dirán: 'como en los viejos tiempos'.

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