El mito de la educación

8 Noviembre, 2006 Publicado en Política, Sociedad por David Benavides Velázquez

Cada vez que escucho la trillada cantaleta de que “en el fondo todos los problemas pueden resolverse con una mejor educación”, me parece que quien lo dice trata de callar a los demás con una treta que sirve, precisamente, para no llegar al fondo del asunto. Entre las personas con menos educación, la treta funciona precisamente porque ya nadie la discute, todos se quedan contentos con la palabra mágica que resuelve todo:”educación”. Pero para los soldados talibanes la educación consistí­a en cubrir a las mujeres con la burca y matar a pedradas a las que se portaran”mal”. La palabra “talibán”, de hecho, significa “estudiante”, lo cual no dice nada acerca del contenido de los estudios que se cursan para ser un “buen talibán”, sólo le da a las personas de cierto grupo la elegante apariencia de ser personas que estudian. También a los jóvenes alemanes de la época nazi se les educaba para odiar a los judí­os, a los gitanos y a todas aquellas personas que Hitler considerara como”malas”. Los nazis no nacieron siendo nazis: se les educó para ello.


En México, la”educación superior” suele asociarse con la UNAM, la”máxima casa de estudios”, cuya porra dice “¡Goya, Goya, cachún, cachún, ra, ra!”. El origen de esa porra se remonta a las instalaciones de la Escuela Nacional Preparatoria en el centro histórico de la Ciudad de México, esa”Prepa” cuya puerta fue destruida por un bazucaso del ejército en 1968, cuando el secretario de gobernación, Luis Echeverrí­a Álvarez, trató por todos los medios de suprimir un movimiento estudiantil. Pero Echeverrí­a también pudo ostentar, alguna vez, el mote de “estudiante” (así­, entre comillas: “estudiante”). Echeverrí­a fue uno de los muchos que, según sus propias palabras, se iban al cine Goya, cercano a la preparatoria, en lugar de escuchar a sus profesores. La oscuridad de la sala cinematográfica permitió a los pseudo-estudiantes descargar su lascivia en horas de clase en lugar de entender cómo se saca la derivada de una ecuación exponencial. Ese cine Goya y los manoseos de los jovencitos en la oscuridad dieron origen a la porra: “Goya, Goya, cachún, cachún” o, en otras palabras, “Vamos a matar clases para ir a cachondear en cine Goya”. El grito de “¡Goya!” era la señal para matar clases y, en gran medida, lo sigue siendo. Cachondear en el cine Goya fue lo que Echeverrí­a tomó en lugar de la “educación superior” que debiera haberle dado la UNAM. Sin leer a Schopenhauer ni a Unamuno ni a Kant ni a Montaigne ni resolver una ecuación de segundo grado ni apreciar la sensibilidad de Sor Juana, Echeverrí­a pudo llegar a la presidencia, desencadenar una guerra sucia que dejó muertos, desaparecidos y torturados por todo el paí­s, multiplicar por diez la deuda externa, disparar la inflación y partir a la mitad el valor de la moneda. Así­ acaban los pseudo estudiantes que matan clases para cachondear en el cine. Por eso matar clases es un crimen.


México gasta mucho dinero en educación, pero no todo ese dinero sirve para generar condiciones de aprendizaje. En las aulas mexicanas cualquier pretexto es bueno para matar clases. La UNAM cerró sus aulas en 1999 porque un grupo de pseudo universitarios impuso un paro “estudiantil” dizque para defender la “educación gratuita”. Pero el pueblo de México, a través de los impuestos, siguió pagando por esa “educación” que nunca ha sido gratuita y que a veces ni siquiera es educación. Más de diez mil millones de pesos invertidos en la UNAM durante 1999 se tiraron inútilmente en una Universidad con las aulas cerradas.


Mis padres fueron profesores de primaria en el estado de Hidalgo desde finales de la década de los años treintas (del siglo veinte). No tuvieron televisor ni teléfono ni mucho menos DVD o computadora. Con trabajos lograron satisfacer las necesidades básicas de la familia y ciertamente manifestaron su inconformidad por los bajos salarios de los profesores, pero no mataron clases para salir a pedir aumentos salariales; la batalla por construir una sociedad mejor la dieron en las aulas, a fuerza de gis, borrador y, sobre todo, palabras claras. Una generación de mexicanos transmitió a otras más los conocimientos, habilidades, actitudes y valores que generaron el llamado “milagro mexicano”: el milagro del crecimiento económico que sacó a la nación de la miseria de la post guerra revolucionaria y la llevó a niveles de alto crecimiento y baja inflación a mediados del siglo veinte. Los verdaderos autores de este milagro no estuvieron en la calle quemando autobuses, sino en las aulas enseñando aritmética, geometrí­a, gramática, ciencias naturales, civismo, arte y deporte. Desde entonces, los polí­ticos han cambiado de partido, han cambiado de “ideologí­a” y han traicionado a la sociedad muchas veces, pero la suma del cuadrado de los catetos sigue siendo igual al cuadrado de la hipotenusa (en una geometrí­a euclidiana). Por eso en las aulas se construye en firme mientras en las calles se destruye mucho más que lo que cuestan los autobuses incendiados.


La educación que me dieron mis padres y mis demás profesores me permite tener un nivel de vida mejor que el que ellos tuvieron. Como profesor de dos universidades puedo viajar y conocer a fondo los problemas de este paí­s. A veces tengo que correr riesgos para dar clases cuando los paristas de la UNAM cierran las aulas, pero me esfuerzo por seguir el camino que ha probado dar los mejores frutos. En el discurso polí­tico yo soy el “traidor” a los movimientos populares, pero en el lenguaje correcto ¿quién es el traidor: el que, como profesor, respeta su trabajo y da clases a toda costa para cumplir con los objetivos académicos del curso que imparte, o el que, diciéndose profesor, cierra las aulas? Más aún, de lo bueno que tengan mis alumnos dentro de veinte años, ¿quién habrá plantado mejores semillas, los que cerraron las aulas o los que dimos clases en el jardí­n?


Hoy la mayorí­a de los “profesores” de primaria tienen en sus casas televisores a color y reproductor de DVD. Cuando salen a tomar las calles se les ve robustos, rubicundos o incluso obesos: ciertamente no se están muriendo de hambre. Pero ellos sí­ matan clases. ¿Qué dejarán a sus hijos dentro de veinte años?


Sobre la educación ya se han dicho tantas mentiras que me molesta tocar el tema. Temo que todos estén de acuerdo en la tonterí­a de que todos los problemas pueden resolverse con una mejor “educación”. Las expresiones huecas desví­an la atención de los conceptos profundos: ¿qué significa “educación”? ¿qué criterios distinguen a la “buena educación” de la “mala educación”?.

Palabras como “educación”, “profesor”, “maestro” y “estudiante” debieran escribirse siempre entre comillas, pues dos personas pueden entender ideas contrarias al escuchar una misma palabra. Proteger la vida humana o matar al oponente son, en la práctica, actitudes opuestas, pero quienes lo hacen pueden decir, por igual, que actúan de acuerdo con la educación que recibieron. Para los paristas, el hecho de cerrar aulas es “defender la educación gratuita”, yo sostengo lo contrario. Ya basta de mentiras, digamos todos lo que entendemos por “educación”, a ver si de veras estamos de acuerdo y a ver si tiene sentido cerrar aulas para defender a la educación. Más aún, ¿quién les paga a los paristas? No se puede vivir del aire y en cada movimiento que cierra aulas vemos volanteo, traslado masivo de personas en autobuses alquilados y, detrás de esto, muchí­simo dinero. Como sostengo que cerrar aulas es un crimen creo que se le puede analizar como a cualquier otro crimen: ¿a quién le conviene el cierre de aulas? ¿a los empresarios estadounidenses que no quieren competidores latinoamericanos? ¿a los polí­ticos corruptos que no quieren ciudadanos ilustrados? Si la educación en México formara individuos altamente preparados, éstos crearí­an empresas competitivas a nivel mundial (lo que no conviene a los intereses extranjeros) y fiscalizarí­an el trabajo del gobierno (lo que no conviene a los polí­ticos corruptos), así­ que urge responder a la pregunta: ¿quién le paga a los paristas?

Insisto, ya basta de mentiras: un “profesor” que no cumple con los objetivos académicos del programa del curso no es un profesor sino un parásito de la sociedad y un delincuente. Las leyes que nuestros gobernantes rara vez aplican dicen muy claramente que la violación de garantí­as individuales es un delito federal. Pues bien, la educación es una de esas garantí­as, así­ que el profesor que cierra aulas en horas de trabajo comete un delito. Los paristas nos roban el presupuesto para educación cada que se pierde tiempo de clases y cometen el delito de violación de garantí­as individuales.

¿Cuánto tuvo que caer la educación en México como para que ahora se confunda a la docencia con la delincuencia?

David Benavides Velázquez

2 comentarios a “El mito de la educación”

  1. Anastasia Dijo: