Zongolica y el lobo feroz
“La verdad puede conquistar y vencer si le damos siquiera una oportunidad”: Jan Masaryk.
El 26 de febrero de 2007, en el Hospital Regional de Río Blanco, Veracruz, falleció una mujer identificada como Ernestina Ascensio Rosario, procedente de la Sierra de Zongolica. Por la ineptitud de la clase política mexicana, la causa de la muerte de esta persona sigue siendo tan oscura como alguna vez lo fue la osamenta que encontraron en la Finca El Encanto. Presuntamente, el diputado Muñoz Rocha había sido asesinado por Raúl Salinas y sus restos habían sido sepultados en una finca del victimario. El sitio para buscar los restos fue indicado por una “vidente” conocida como La Paca y en el sitio que ella señaló apareció una osamenta, que después resultó ser de un familiar de La Paca y no de Muñoz Rocha. Al parecer, los que sembraron la osamenta no sabían que una prueba de ADN podía determinar si se trataba o no de Muñoz Rocha.
A la clase política mexicana le gusta hacer escándalos al estilo de “allí viene el lobo”, pero al menos un sector de la sociedad está cansado del jueguito. Vale la pena recordar que en el caso de la Finca El Encanto se involucró un gobierno priista y un procurador panista. Hoy, en el caso Zongolica, los gritos son, sobre todo, perredistas y priistas. Más allá de las supuestas diferencias entre los partidos, a todos les encanta gritar que allí viene el lobo, pero ¿de veras viene?
Resulta difícil escribir sobre el caso Zongolica porque la información cambia cada día: “que sí”, “que no”, “que siempre sí”, “que siempre no”. ¿Fue violada y golpeada en la cabeza o murió por causa de una “anemia aguda, debido a un sangrado en el tubo digestivo ocasionado por úlcera péptica”? Las versiones encontradas están destruyendo la poca credibilidad que le queda a las instituciones mexicanas. La Procuraduría General de Justicia del Estado de Veracruz (PGJEV) lanzó con bombo y platillo la versión de que fue violada y asesinada, pero lo hizo con base en un dictamen que no determina el delito. En los oscuros vericuetos de las artes leguleyas, una cosa es el dictamen pericial y otra la consignación. Una cosa es lo que dijeron los peritos médicos y otra cosa lo que concluyó el agente del ministerio público. En este caso, el ministerio público ya determinó que no hubo delito, pero no nos aclaró las contradicciones: ¿por qué primero dicen que, según sus peritos, sí hubo violencia y ahora concluyen que siempre no? ¿hubo errores? ¿hubo mentiras? ¿qué pasó?
Por otro lado, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) determinó, con base en una segunda autopsia, que Ernestina Ascencio murió de una anemia aguda causada por una úlcera péptica. Pero cuando José Luis Soberanes trató de presentar las evidencias en que se basó la CNDH para sacar sus conclusiones, las diputadas del PRD no se lo permitieron.
Para los políticos no hay mucho qué discutir: los de un bando se adhieren a una versión y los del otro bando a la otra. La búsqueda de la verdad no es una de las habilidades más notables de la clase política mexicana. Lo que se busca en los partidos políticos es la versión que más convenga a sus intereses y después esa versión se predica como dogma de fe aún cuando se acumule evidencia en contra. Los políticos tienen el poder para otorgar (o no) los nombramientos y las condecoraciones que muchos científicos anhelan, así que puede generarse una alianza de políticos y científicos en defensa de una versión (falsa o verdadera) que convenga a los intereses de los aliados. Quien no está entrenado en la búsqueda de la verdad (el político) puede cometer errores al mentir y entonces viene aquello de que “cae más pronto un hablador que un cojo”. Pero si el que miente recibe el apoyo de alguien entrenado en ciencias la traición a la verdad puede tomar una fuerza terrible.
No puede haber una vértebra cervical que tenga y no tenga fractura. O la tiene o no la tiene. Si se tratara de determinar la hora de la muerte de alguien que se ahogó en el círculo polar ártico se entiende que diversos médicos manejen diversas versiones, pero si se trata de determinar la existencia o no de “traumatismo cráneo-encefálico, fractura y luxación de vértebras cervicales” resulta sospechosa la discrepancia. ¿Por qué no se nos permite ver las pruebas?
Hay evidencias difíciles de borrar y también el hecho de borrar evidencias deja huella. Algunos intelectuales han dicho qué será necesario traer un equipo de especialistas extranjeros para que elaboren el dictamen final. Tal vez sería mejor la publicación de las evidencias que la ley permita publicar (fotografías, documentos). A fin de cuentas, ¿qué puede considerarse como seguro hasta el momento? Ni siquiera la edad de la víctima se ha podido establecer cabalmente (hay dos versiones: 73 años y 63 años, pero no hay una publicación del acta de nacimiento, ¿será que para los periodistas eso es muy difícil?).
Un debate entre los médicos que manejan las diferentes versiones daría un resultado muy claro para quienes entienden de ciencia. Se dice, por ejemplo, que la violación ocurrió mientras la víctima llevaba a pastar a sus ovejas, pero de allí tuvo que regresar sola a su casa ¿cuánto debemos creer que caminó con “traumatismo cráneo-encefálico, fractura y luxación de vértebras cervicales”?
Por otro lado, en su comunicado 020 del 7 de marzo (citado por Carmen Aristegui), el Ejército Mexicano informa que se tomaron muestras hemáticas a todo el personal de la base de operaciones y que “…junto con la muestra de semen obtenida del cuerpo de la extinta, serán trasladadas a la ciudad de México, para que con apoyo de los servicios de la PGR, se obtengan los perfiles genéticos”. Si no hubo violación, ¿cómo es que hay muestras de semen? Pero, si las hay… ¿dónde quedaron esas muestras de semen? Y, a todo esto, ¿para qué tomar “muestras hemáticas” si basta con un poco de epitelio bucal? ¿Será que al ejército le gusta sacar sangre o será que quien generó la información no sabía que, para una prueba de ADN, no es necesario sacar sangre? La pregunta puede parecer ociosa, pero son los pequeños detalles los que pueden delatar a quien miente. Cuando alguien dice la verdad, puede dar respuestas coherentes a los cuestionamientos; cuando alguien miente, tiene que ir complicando más y más su versión para salir al paso de cada pregunta, hasta que entra en contradicciones tan absurdas que su postura se viene abajo.
No hace falta traer extranjeros para que nos hagan la tarea. El caso ha tomado dimensiones tan desproporcionadas que urge llegar al fondo y dejar a un lado esa “conciencia gremial” que algunos podrían esgrimir para proteger a sus colegas. Es la credibilidad de todos la que está en juego y si algún médico mintió es necesario desenmascararlo y deslindarse de él. Por más vueltas que se le dé al asunto, es de esperar que la verdad aflore por sus propios medios y entonces se verá quién estuvo del lado de ella y quién no. Las diputadas del PRD no pueden impedir por siempre que la CNDH presente las pruebas que dice tener. De hecho, es al PRD a quien más debiera interesarle que se conozcan esas pruebas, pues en lugar de dejar que las cosas se enfríen debe ratificar o rectificar. Es lo mínimo que exige la coherencia.
Si en verdad hubo violación y homicidio, es inadmisible que las diputadas del PRD dejen pasar el asunto sin castigo para los criminales. Ya tomaron la tribuna con pancartas de “Ejército Asesino”, ¿dejarán ahora que el asunto se enfríe? Pero, por otro lado, si no hubo violación ni homicidio, las calumnias contra el ejército deben ser rectificadas. El asunto puede ser de seguridad nacional, pues, si hubo mentira, hubo intención en los que difundieron la mentira. Hay intereses que buscan que el ejército salga de la sierra de Zongolica y México se encuentra en un momento difícil en la lucha contra los narcos. Sí hubo mentira ¿quién y por qué la inventó? Si fueron los narcos, la intención es clara, forma parte de su guerra contra el ejército. Pero si el PRD se dejó llevar por una mentira, es al PRD a quien más le debe interesar aclararla, pues podría estarse poniendo del lado de los narcos y en contra de una institución (el ejército) que, según las encuestas, tiene más popularidad que los diputados y que los partidos políticos.
No hay coherencia en la clase política mexicana. Sea lo que sea que ocurrió con aquella mujer, debe ser aclarado más allá de toda duda razonable. Dejar que el asunto se enfríe es tan criminal como la miseria y la marginación en la que vivió Ernestina Ascencio. De una u otra forma, ella fue la víctima. Si hubo violación, sus victimarios deben ir a la cárcel, si no hubo violación, sus victimarios son aquellos que la usan como pancarta en la lucha por el poder. Usar el recuerdo de una persona como juguete en la lucha de los partidos políticos es una afrenta que la sociedad mexicana ya no debe tolerar. Pero, peor aún, los recientes atentados en Veracruz refuerzan la idea de que la imagen de Ernestina Ascencio pudo haber sido usada por los narcos en su lucha contra el ejército y la nación mexicana. De ser así, ¿de qué lado está el PRD?
David Benavides Velázquez
19 Mayo, 2007 a las 7:40 |