Lo que el viento derribó

3 Febrero, 2008 Publicado en Política por David Benavides Velázquez

Los 140 árboles que cayeron durante el tornado del 23 de enero de 2008 en la Ciudad de México no son del todo una novedad. El 5 de junio de 2003 un árbol de eucalipto mató a un joven de 17 años que transitaba en automóvil (al lado de su madre) en los carriles centrales de Avenida Río Churubusco casi esquina con Plutarco Elías Calles. Su nombre era Aarón David Castro García. Ahora el infortunio le tocó a Hugo Castro Lozano, el joven que murió en su automóvil al caer un árbol frente al número 1264 de Avenida Plutarco Elías Calles.

Dos muertos por caída de árboles en poco menos de cinco años y en sitios muy cercanos. Hay solo 630 metros (menos de un kilómetro) entre la tragedia del 2003 y la del 2008, ¿coincidencia?

La avenida Plutarco Elías Calles es muy amplia, corre de norte a sur con cierta inclinación (de noreste a suroeste) y coincide, por lo tanto, con la dirección de los vientos dominantes. Es como si la hubieran diseñado a propósito para crear un desastre, quizá por eso lleva el nombre del fundador del PRI. Para rematar el disparate, la calle cuenta con numerosos eucaliptos. La especie más abundante de eucalipto en la ciudad de México es Eucalyptus camaldulensis, pero los árboles que mataron a estos dos jóvenes eran de otra especie: Eucalyptus globulus. ¿Coincidencia?

Los eucaliptos son nativos de Australia y fueron introducidos a México para usarlos en la reforestación. Crecen rápido, pero su madera es frágil. Contrario a lo que podrían suponer muchos ecologistas despistados, la Ecología moderna no busca la reforestación sino la restauración. Reforestar es poner árboles (incluso donde nunca los hubo). Restaurar es volver a poblar un ambiente con las especies que hubo en él de manera natural. Hace mil años no había eucaliptos en el “Valle de México”, pero sí había pinos, encinos y ahuejotes. A las orillas del lago pudieron adaptarse árboles de madera flexible pero tenaz, copa angosta y raíces fuertes. Cada especie debe resolver los problemas que le plantea su entorno y el proceso le toma millones de años, ¿por qué entonces reforestar con especies de ambientes lejanos?

El vendaval de enero del 2008 debe servir para pensar en lo que se necesita para evitar más desastres. Las personas que pierden a un ser querido o que ven dañado su patrimonio por la caída de un árbol podrían preguntarse, con justa razón, si vale la pena tener árboles. A fin de cuentas, el pasto y los arbustos pequeños también producen oxígeno. De hecho, el pasto tiene una forma de hacer la fotosíntesis que es más eficiente que la de los árboles y no hay peligro de que el pasto pueda caer sobre una casa. De hecho sería muy bueno hacer azoteas verdes con pasto y arbustos pequeños, pero los árboles cumplen con otra función importante: su follaje retiene partículas suspendidas en el aire. Sin árboles, las partículas más pequeñas podrían penetrar hasta los pulmones de la gente y esto causaría un aumento en las enfermedades cardio respiratorias.

Entre los índices de contaminación hay uno que se llama PM10. Se refiere a partículas que miden menos de una centésima de milímetro. Estas partículas pueden llegar hasta los alveolos pulmonares y causar enfermedades. Para evitar que aumenten los índices de PM10 es necesario que haya árboles, pues son ellos (y sólo ellos) quienes filtran el aire y lo hacen más respirable.

Silenciosamente, los árboles salvan vidas. Para evitar que causen daños basta con sustituir las especies peligrosas con árboles nativos del “Valle de México”. Ya no se trata de un asunto trivial, es cuestión de vida o muerte. Los diversos gobiernos que ha tenido el D. F. a lo largo del tiempo se han mostrado bastante ineptos en relación con los árboles. Les da miedo talar porque mucha gente se opone de manera vehemente. Les da miedo no talar porque saben que algunos árboles son peligrosos. Finalmente se dejan llevar por la inercia hasta que los vecinos de un cierto árbol en particular se unen y piden acciones. No importa si dichas acciones son las indicadas, lo que le interesa a los políticos es tener tranquila a la gente para que no haya alboroto.

Una muestra de la ineptitud de los políticos se hizo evidente en la tragedia del 2003 (cuando un eucalipto de Avenida Río Churubusco mató a un joven de 17 años). Era época de campaña electoral, así que no se atrevieron a talar un solo árbol… hasta la noche siguiente a las elecciones. A pesar del evidente peligro que representan los Eucalyptus globulus, no tocaron ni uno solo, ni siquiera el que ha estado muerto desde hace más de 10 años frente al número 395 de Avenida Río Churubusco. Un tronco muerto tarde o temprano caerá, pero lo que hicieron en 2003 fue podar y talar álamos que no representaban ningún peligro.

Un muerto en 2003 no fue suficiente para revisar lo que pasa con los eucaliptos y actuar en consecuencia. Un muerto en 2008 tampoco lo será a menos que los ciudadanos cobremos el costo político de la ineptitud. Fue responsabilidad de López Obrador hacer algo y no lo hizo. Su prioridad no era proteger la vida de los ciudadanos, sino proteger su imagen política, y le funcionó. Ahora es el turno de Ebrard. El tiempo dirá si vale más para un político hacer bien las cosas o fingir que las hace.

David Benavides Velázquez.

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