Salud, educación y tabaco.
A punto de entrar en vigor la Ley de protección a la salud de los no fumadores, puede considerarse esto como un avance notable en materia de salud. Sin embargo, para que una sociedad avance debe hacerlo en forma integral. Avanzar en salud sin avanzar en educación es como pretender que un coche avance primero con una de sus ruedas sin que las otras se muevan: o se mueven las cuatro o no se mueve ninguna.
Con una educación humanista, la gente puede comprender la diferencia entre personas y cosas, entre sujetos y objetos, entre fumadores y tabaquismo. Al crear un ambiente libre de tabaco no se está expulsando a los fumadores (personas) sino a los cigarros encendidos (cosas). Todo fumador puede entrar mientras no meta humo. El humo del cigarro tiene miles de sustancias tóxicas, es literalmente una mezcla de venenos. Al evitarse el humo se protege la salud de todos, tanto de los fumadores como de los no fumadores.
Con una educación humanista la gente entiende la diferencia entre la verdad científica y la opinión subjetiva. En un simple experimento con hoja santa podemos demostrar que un porcentaje de la población dice que huele a anís y otro porcentaje asegura que no, que definitivamente no huele a anís. Las sustancias que contiene la hoja santa son las mismas cuando las huele una persona o cuando las huele otra. Dichas sustancias pueden ser estudiadas con instrumentos que llevan siempre a los mismos resultados. Por otra parte, los receptores que forman parte del sentido del olfato pueden variar de una persona a otra tanto como varía el color de los ojos, la estatura o el color de la piel. Cada quien tiene sus receptores y cada quien tiene razón de decir que la hoja santa huele a anís o no huele a anís. La composición química de la hoja no cambia por la percepción de una persona, las sustancias son las mismas, pero la percepción no. Lo agradable para unos puede ser molesto para otros y el aprendizaje altera las percepciones, de manera que hay un ámbito en el que nunca nos pondremos todos de acuerdo y hay un ámbito que no cambia por más que alguien opine lo contrario. La composición del humo del tabaco y su efecto en el cuerpo humano es asunto de la ciencia, no de la opinión. El asunto del placer o la repulsión que cause el humo del tabaco es diferente de una persona a otra. Alguien puede decidir que quiere fumar, pero nadie puede decidir qué tan dañino es o no el humo. Los efectos tóxicos del humo del tabaco han sido determinados por la investigación científica y eso no cambia porque alguien diga que no está de acuerdo.
Con una educación científica se entiende que el derecho de cada quien termina donde comienza el derecho de los demás. El derecho a la salud implica el derecho a un ambiente compatible con la salud. El humo del tabaco es tóxico para las personas (sean o no fumadores) y por lo tanto cuando alguien arroja humo de tabaco en el aire está atentando contra el derecho a la salud de todos. Cuando se habla de votar en estos casos se confunde a la democracia con una imposición de “montoneros”. Si nueve rateros asaltan a una víctima y ponen a votación lo que le harán cabe suponer que la postura de los rateros ganará nueve a uno o incluso diez a uno, pues la víctima votará por lo que le indiquen los que lo tienen intimidado. Si el empleado de un club necesita el trabajo para mantener a su familia, aceptará trabajar en un ambiente lleno de humo aunque no le guste. La derecha tradicional vería esto como algo normal, el trabajador sometido al capricho de la burguesía. Ahora, la izquierda mexicana, representada por diputados como Tomás Pliego van más allá en la injusticia y ven como “democrático” que un empleado se tenga que tragar el humo de los clientes que “decidieron” que en ese sitio sí se podía fumar. Mientras los clientes fumadores sean mayoría, Tomás Pliego considera democrático que se friegue la salud del trabajador. Supongo que la ultraderecha aplaude. Y las tabacaleras, más.
Con una educación humanista no habría que confundirnos con el significado de la palabra “respetar”. El diccionario de la real academia española da dos acepciones básicas: la de “tener veneración, acatamiento” o la de “tener miramiento, consideración”. La primera acepción, la de la veneración, es para regímenes autoritarios en los que “respetar a la autoridad” es obedecerla. En una democracia humanista se aplica la segunda acepción, la del miramiento. Cuando se atiende al otro y se está en desacuerdo se le está respetando. Cuando no se le atiende se le falta al respeto. A Tomás Pliego le parece que mis críticas le faltan al respeto aunque no lo acuse yo de haber dado el cuerpo ni de dejarse agarrar la pierna. Así no se puede discutir. Si él espera veneración y acatamiento ¿dónde quedó la democracia de la que habla?
La nueva ley de Distrito Federal entrará en vigor el próximo 3 de abril y será rebasada por la ley federal que se hace en esta materia. La aplicación de estas leyes será efectiva y democrática cuando haya una educación humanista. Mientras tanto, la avalancha de conflictos se nos viene encima.
David Benavides Velázquez.